Terminando Bien

La base bíblica que quiero usar para iniciar la discusión de este tema es Hechos 20:24. Hablando a los ancianos de la iglesia de Éfeso, a quienes convocó para que llegaran a la ciudad de Mileto, el apóstol Pablo les dice, “… de ninguna cosa hago caso,… con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor”. La imagen que llega a mi mente es la de una carrera, en el sentido atlético no profesional. Siempre he sido un entusiasta de los deportes y haciendo memoria de mis años de estudiante, uno de mis entretenimientos favoritos era el deporte de pista y campo, uno de los más antiguos de la humanidad. Y de los varios eventos que se practican en la competencia de pista y campo, que tiene importantes aplicaciones para los que estamos en el ministerio es la carrera de relevo. Esta es una carrera en la que varios corredores, cuatro para ser más exacto, son responsables de correr un tramo de la carrera. Hay dos tipos de carreras de relevo. Una es relativamente corta, 400 metros y cada participante corre 100 metros y entrega la posta (estafeta) a otro compañero, y así sucesivamente cada corredor es responsable de correr un tramo hasta que el último de ellos cruza la meta que marca el final de la carrera. El otro tipo de relevo es una carrera de 1600 metros y a cada corredor le corresponde un tramo de 400 metros.En las regulaciones que se observan en la práctica de estos eventos se pueden encontrar varias lecciones aplicables a la vida ministerial. En primer lugar, antes de que un atleta llegue a ser un corredor de alguna de éstas, o cualquier otra carrera, debe demostrar que tiene las habilidades naturales, el apetito para hacerlo, la disciplina para someterse al riguroso entrenamiento requerido y otras condiciones que impone la práctica del deporte.

Vamos a comenzar a desmembrar las enseñanzas que deseo compartir con ustedes usando la carrera de relevo como ilustración. Por ejemplo, el inicio de la carrera no lo determina ninguno de los participantes. Una persona que se conoce como juez de salida, con un disparo marca el inicio de la carrera. Ningún participante le puede decir cuándo debe disparar. Es la responsabilidad de los corredores asumir sus posiciones y estar listos para cuando el juez ordene el inicio de la carrera.

De igual manera los que llegan a la carrera para el ministerio deben esperar el momento preciso para arrancar. Como en la carrera, los aspirantes al ministerio deben haber demostrado tener algunas habilidades: su estilo de vida refleja intimidad con el Señor; ama y sostiene su iglesia; apoya a sus líderes; exhibe obediencia en el cumplimiento de sus responsabilidades; toma en serio las tareas que le son asignadas, entre otras responsabilidades. Entonces llega el inicio de la carrera ministerial, que no se indica por un disparo, sino por un llamado. Una constante que se puede ver en la revelación bíblica es que Dios se ha reservado el derecho de llamar a quienes Él quiere para su especial servicio ministerial. Aunque creo que hay un nivel de llamado general al servicio que es para todos los cristianos, creo con la misma convicción que es Dios quien escoge a sus ministros. Así sucedió con los sacerdotes del Antiguo Testamento, los profetas, los apóstoles y así sucedió con nosotros. Uno de mis textos favoritos para estas declaraciones es Marcos 3:13 donde aprendemos que el Señor llamó a sí a los que Él quiso.

Lo que debemos tener bien claro es que Dios decide la manera de hacer ese llamado. Con algunos lo ha hecho mientras leen un pasaje de la Biblia; a otros mientras participan de un servicio, en un momento durante la predicación siente que Dios le está hablando; también puede ser a través de un canto, un testimonio o de un sueño. Mi experiencia de llamado fue así. La noche que fui bautizado con el Espíritu Santo, el Señor usó una hermana que llegó al lugar en el altar donde yo estaba y me dijo, “Así dice el Señor, te estoy escogiendo para el ministerio”. Mi ministerio puede haber tenido altas y bajas, éxitos y fracasos, pero la constante en mi vida ministerial de lo cual nunca he tenido duda es que el Señor me llamó al ministerio.
Arranqué la carrera ministerial el sábado 30 de mayo de 1964, en la casa del Pastor Miguel Navas donde el supervisor nacional de Puerto Rico, Ricardo González, había reunido el Consejo Nacional para hacer el nombramiento de un nuevo Director de Juventud y Educación Cristiana. Ese día entendí por primera vez que el Señor ciertamente escoge a quien Él quiere. Digo esto porque en mi opinión ese día había por lo menos otros dos candidatos mejores cualificados y más dignos del nombramiento que este joven novato de apenas 19 años de edad. La lección aprendida me ha ayudado mucho cuando en la carrera ministerial he tenido la experiencia opuesta, o sea, otro consiervo ha sido seleccionado a una posición para la cual yo me consideraba mejor preparado y/o más digno.

Volvamos a la ilustración de la carrera de relevo. Al inicio de la carrera da la impresión de que algunos corredores llevan ventaja sobre otros. En realidad no es así, cada uno correrá 100 metros pero debido a la forma ovalada de la pista los corredores son colocados en forma escalonada unos delante de otros con relación a la línea de salida. Debemos recordar esto cuando nos dé la impresión que algún colega nos lleva ventaja. Cada uno de nosotros tiene que correr su tramo de la carrera ministerial como nos enseñan las siguientes Escrituras: “…corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús” (Hebreos 12:1-2). Si ponemos los ojos en otro de los corredores nos podemos distraer, salirnos del carril asignado, desanimarnos si alguno nos lleva la delantera o confiarnos demasiado cuando llevamos ventaja sobre otros. La intención nuestra debe ser correr de manera que obtengamos el premio. (I Corintios 9:24).

Debo enfatizar que durante el transcurso de la carrera ministerial hay cosas que nos pueden ayudar a tener éxito. Debemos tener siempre presente que corremos para complacer la audiencia de Uno quien nos premiará usando, no un reporte con estadísticas, sino las virtudes de bondad y fidelidad (Mateo 25:23). También debemos ser diligentes en la práctica de las disciplinas espirituales. Estas nos mantendrán con la fortaleza y el combustible necesario para el cumplimiento de la tarea. Es igualmente esencial exhibir el carácter de Cristo desde la arrancada hasta la llegada. Una práctica lógica en los deportes es que todos los miembros de un equipo visten el mismo uniforme. En la carrera ministerial, a pesar de que a algunos les gusta usar atuendo clerical en determinadas ocasiones, la verdad es que lo que identifica a un ministro de Dios es su carácter. El apóstol Pablo lo pone en lenguaje de vestirse en Colosenses 3:12-14. Ahí encontramos el uniforme que deben vestir los hombres de Dios. Un buen ejemplo de lo que sucede cuando vestimos dicho uniforme es lo que describe la Biblia en 2 Reyes 4:9. Evidentemente la mujer sunamita identificó al profeta Eliseo por el uniforme espiritual que él vestía.

Una lección más de la carrera de relevo. Cuando uno de los corredores termina su tramo y tiene que entregar la posta a otro es el momento más difícil de la carrera. El impulso del que viene corriendo tiene que estar sincronizado con el que iniciará su tramo. Está marcado en la pista un espacio de 30 metros para hacer el traspaso. No puede ser antes ni después, porque si ocurre todo el equipo sería descalificado. La enseñanza me parece obvia. En la carrera ministerial el tiempo de pasarle a otro u otra es muy delicado. Hay un momento preciso para hacerlo.

Bueno, es tiempo de terminar esta carrera. Hagámoslo aplicando a nuestra carrera ministerial otras de las lecciones aprendidas. Les invito a ver la vida ministerial como una carrera de relevo. Un día mientras estudiaba la Biblia en preparación para predicar las tradicionales 7 palabras en viernes santo, al llegar a la sexta y leí, “Consumado es” (Juan 19:30) se me ocurrió examinar cómo lo dice la Biblia en inglés. Una posible traducción sería, “Se terminó”. Lo que voy a decir es algo totalmente subjetivo y ausente de valor si alguien lo somete al rigor exegético teológico, pero fue mi experiencia. En mi espíritu inicié un diálogo con el Señor y le dije, “De manera que después de haberte esperado por varios siglos vienes acá, ministras aproximadamente tres años, declaras que terminaste y te vas. Pero todavía quedan muchos pecadores que salvar, milagros que hacer y enfermos para sanar. Y entonces sentí que Él me dijo, “Cierto, pero lo que yo tenía que hacer lo hice, de aquí en adelante le toca a ustedes hacerlo.”

Desde entonces entendí que ningún hombre o mujer puede hacer todo lo que hay que hacer en el ministerio. Es una carrera de relevo y a cada uno de nosotros le corresponde un tramo. Cuando le he sugerido a algunos amigos que es tiempo de terminar su ministerio me contestan: todavía queda mucho que hacer; a pesar de mi edad me siento fuerte; esta iglesia la fundé yo; los hermanos me quieren mucho; aquí muero con las botas puestas. Y aunque algunos no lo verbalizan, he visto en mi carrera de 56 años que algunas otras razones por las que algunos siguen corriendo son: yo no sé hacer otra cosa; necesito el salario para vivir; si salgo de la casa pastoral no tengo dónde ir.

Es por eso que en esta etapa de mi vida el Señor me ha inquietado para servir de atalaya a mis queridos consiervos que permanecen en la carrera. El tiempo de terminar la carrera llega. Y para ese momento debemos prepararnos. La primera acción de preparación es entender el modelo bíblico con relación al tiempo de servicio ministerial. Las raíces las podemos encontrar en el sacerdocio del Antiguo Testamento. Lo que aprendemos en Números 8:24-25 es que los sacerdotes tenían edad para comenzar, 25 y edad para terminar, 50. Jehová determinó que después de los 50 años “…. no servirán más en el ministerio”. En mi opinión lo significativo de este pasaje es que estas declaraciones bíblicas corrigen la opinión general contenida en las expresiones anteriormente mencionadas. Creo que desde temprano en el inicio de la carrera ministerial, durante los procesos de preparación académica y de credencialización se debe poner ya en la mente del candidato que la carrera que está iniciando algún día terminará.

Volvamos al primer verso bíblico citado en este ensayo. El apóstol quiere terminar su carrera con gozo. Repítalo hasta que lo internalice. Ruego su indulgencia para recurrir nuevamente a mi experiencia. Con tristeza y con asombro he tenido que consolar algunos colegas ya jubilados que viven con sentimientos de insatisfacción, enojo, molestia, amargura, frustración, envidia y hasta de rebeldía. No debe ser así. Un hombre o mujer que por espacio de 30, 40, 50, 60 o los años que hayan sido invertidos en el ministerio, merece terminar bien. Sus sentimientos deben ser de gozo, alegría y la satisfacción de una misión cumplida. Pero para lograrlo tenemos que intencionalmente prepararnos.

En términos ya más prácticos, hay áreas específicas que deben ser consideradas para terminar bien. Una de ellas es la preparación mental y emocional. Mientras estamos ocupados en la carrera ministerial no nos damos cuenta. Pero así como los corredores en la carrera de relevo son admirados, reciben aplausos y vítores, también en la carrera ministerial se reciben muchos reconocimientos. Y nos acostumbramos. Lo ilustro de esta manera: cuando alguien está en el pináculo de su carrera ministerial, si llegara a una reunión cuando ya todas las sillas han sido ocupadas, no faltará alguno que se ponga de pie y ceda su lugar al recién llegado. Sin embargo, puede llegar el momento cuando ese mismo ministro llegue a una reunión similar, caminando con la ayuda de un bastón, parado en la puerta se ajustará los lentes para ver si hay una silla vacía y mientras camina por el pasillo hacia la primera fila donde hay una, escuchará con la ayuda de los audífonos cuando un joven ministro le pregunta a otro, ¿quién es ese ancianito? Comienza a preparar la mente y a aceptarlo, si el Señor tarda su venida y te da larga vida, en algún momento la carrera ministerial se terminará.

Otro importante aspecto de la preparación para terminar bien tiene que ver con el aspecto económico. Una de las más tristes experiencias y más difíciles decisiones de aquellos a quienes corresponde hacer nombramientos pastorales, es manejar las situaciones en las que un hombre o mujer de Dios no entiende y no acepta que su carrera terminó. Sin embargo, debido a que durante su vida no fue buen mayordomo, vive sumergido en cuantiosas deudas tales como préstamos, hipotecas, tarjetas de crédito y otras. En otras palabras, necesita el salario pastoral. Es entonces cuando el ministerio se convierte en un medio para vivir.
El ministro tiene que aprender a vivir dentro de las limitaciones que le impone su presupuesto. Durante su carrera ministerial debe practicar la disciplina del ahorro, evitar gastos excesivos e innecesarios. En resumen, debe planificar su vida consciente de que llegará el momento cuando no podrá depender de un salario ministerial para vivir porque su carrera ministerial ha terminado.

Ahora bien, aunque la carrera termine, el deporte continúa. Generalmente, los atletas permanecen de una u otra manera conectados al deporte que aman y al que han dedicado algunos de los más productivos años de su vida. De igual manera sucede en el ministerio. En el mismo pasaje bíblico en que se establece la limitación de los años de servicio para el sacerdocio, Números 8:25-26, también se incluye una declaración esperanzadora. Aunque se hace claro en esos versos que al cumplir su tiempo los sacerdotes no servirían más en el ministerio, también se dice que se podrían ocupar ayudando a sus hermanos en el tabernáculo de reunión para hacer la guardia.

Amados lectores, los jóvenes que se inician en el ministerio necesitan mentores, ayudantes, acompañantes. Hay muchas otras cosas en las que un ministro jubilado se puede ocupar. Conozco ejemplos de ministros que han ocupado algunas de las más distinguidas posiciones ejecutivas en nuestra denominación. Pero luego se convierten en destacados servidores en una iglesia local, bien sea como maestros de clases bíblicas, encargados de visitar a los enfermos, mentores para los nuevos convertidos. Al ubicarse en una iglesia local el ministro jubilado no puede convertirse en una piedra de tropiezo para el pastor. Debe ser un ejemplo de obediencia, fidelidad y apoyo. Otras actividades, de carácter más personal que se pueden hacer es visitar los lugares que toda la vida se han deseado conocer; invertir más tiempo con la familia; escribir un libro o ponerse al día en lecturas atrasadas.

Permitanme compartirles otra experiencia personal. Cuando Ada y yo discernimos que nuestra carrera ministerial estaba llegando a la meta, pedimos al Señor que nos diera dirección para entender Su voluntad para nuestras vidas y que canalizara nuestro deseo de continuar siendo útiles en el lugar y función conforme a Su propósito. Debo destacar la influyente participación y acompañamiento de algunos amigos mientras transitábamos este novedoso tramo del Camino. Como resultado del proceso surgió VIDA Foundation. La fundación provee becas a estudiantes ministeriales con necesidad económica. Y por otro lado, auspicia y financia eventos de cuidado pastoral. En ambos casos se opera a través de la estructura de la Iglesia de Dios. En un tiempo apropiado podemos explicar su funcionamiento más detalladamente. Otro cosa que ocupa nuestra atención y que nos brinda inmensa satisfacción es la atención a viudas ministeriales. Ada y yo tenemos una lista de viudas a las que en alguna limitada manera “cuidamos.” Esto es lo que hacemos: las llamamos, las visitamos, le pagamos una cena, y a algunas de ellas le enviamos mensualmente una pequeña ofrenda de amor. Les comparto un testimonio más de lo que el Señor nos permite hacer. Cuando visitamos alguna ciudad, invitamos parejas pastorales a un desayuno. Con ellos compartimos 3 pasajes bíblicos en tono de charla pastoral: Salmos 133:1; 1 Corintios 15:58; Hebreos 6:10.

Queridos consiervos, en este momento mi mayor deseo es enseñarles que hay vida y múltiples cosas que hacer en la jubilación. Debemos recordar las ocasiones en que nos quejamos porque no teníamos tiempo para hacer lo que deseábamos, ahora lo tenemos.

Dr. Victor M. Pagán