El pase de la batuta pastoral

El pase de la batuta pastoral

La transición de un líder a otro no tenía complicación alguna durante los “días de los reyes”. ¡Bastaba con matar a los rivales! La sucesión de un rey al trono demandaba espada, pero poco tacto. ¿No le alegra el que ya hayan pasado esos días? En la actualidad se necesita algo más que celo. Necesitamos una amplia sabiduría y una gracia abundante para que nuestra transición pastoral sea saludable.

La entrega de la batuta puede ser difícil, como en las carreras de relevos, aun bajo las mejores circunstancias. Ya sea que se produzca el cambio porque fallece un pastor, se jubila o simplemente se marcha, la transición es un momento vulnerable para una iglesia. Lo sé. He pasado por dos de ellas, y a Dios gracias, todavía tengo la cabeza en su lugar.

La transición es como un tren que cambia de vía. Sólo tiene una oportunidad de hacerlo. Lamentablemente, las iglesias se descarrilan con frecuencia en esta crítica situación. Cuando esto sucede, los resultados pueden ser desagradables. ¿Cómo podemos evitar los inconvenientes de transiciones mal hechas? ¿Cuál es la mejor manera de manejar estas temporadas de cambio? Moisés y Josué nos proporcionan un buen modelo que funciona.

De Moisés a Josué

El libro de Josué comienza con una transición que ya se halla en marcha. Josué había sido el ayudante de Moisés (Josué 1:1). Había disfrutado de una estrecha relación con el pastor principal de Israel. Conocía su corazón y compartía tanto su visión como sus valores.

Él y Moisés se entendían bien. No obstante, necesitaban más que una buena coexistencia para hacer la transición. Necesitaban gracia… ¡y mucha!

La gracia es imprescindible

Yo he aprendido que Dios nos da gracia, tanto para recoger el manto del liderazgo, como para soltarlo. El tiempo de Moisés había terminado, pero el de Josué recién estaba comenzando (Josué 1:6).

Nunca olvidaré lo abrumado que me sentía después de haber sido elegido como pastor principal. Los miembros de la junta, y también la mayoría de los integrantes de la congregación, tenían mucha más edad que yo. Teníamos dos pastores ordenados ya mayores, activamente involucrados en el ministerio. La edad de los que me rodeaban hacía que se destacara más mi inexperiencia. Por supuesto, hubo algunas personas que no tuvieron reparo alguno en decírmelo. Y sin embargo, yo sentía el llamado de Dios sobre mi vida. Sentía su poder. Dios nos da gracia para recoger el manto del liderazgo, cualesquiera que sean nuestras limitaciones.

Pero también hay una gracia para soltarlo. En el caso de Josué, el asunto había quedado decidido: Moisés había muerto. En cambio, hoy en día es posible que a un pastor principal le cueste soltar su posición. Todos hemos visto atletas que siguen jugando más allá de su edad óptima, y siguen aferrados al juego, a pesar de que sus habilidades ya no son las de antes. Es triste verlo. Lo mismo le puede pasar a un pastor principal. Le puede ser difícil soltar la honra y la estima que le dan en la oficina pastoral. Tal vez se necesite que él separe las emociones de las necesidades. Pero Dios, que da gracia para recoger el manto del liderazgo, también da gracia para dejarlo atrás.

Acepte la realidad

¿Nota el humor de la situación? Dios interrumpe a Josué, que está mirando al infinito con los ojos vidriosos: “Mi siervo Moisés ha muerto” (Josué 1:2).

Noticia de última hora: Moisés ya tenía un mes de muerto. La información no era nueva. Esta interrupción por parte de Dios hizo que Josué volviera sobresaltado a la realidad. “¡Despierta! ¡Es hora de moverse!”

La transición pastoral exige que aceptemos la realidad de que se ha cerrado un capítulo y se está abriendo otro nuevo. Si eso le parece lo suficientemente sencillo, póngase en las sandalias de Josué. Moisés era un personaje épico. Lo más probable es que Josué se sintiera muy pequeño bajo su sombra. ¿Quién no se habría sentido intimidado? Él debe haber pensado: ¿Quién soy yo? Podemos comprender su paralización. Los que han seguido durante un largo tiempo a un pastor que estiman, saben lo que se siente.

Con todo, la iglesia no se puede quedar en ese limbo. El ayer ya pasó, por glorioso que haya podido ser, y el día de hoy no va a esperar. Nadie se puede mover hacia delante, mirando solamente al espejo retrovisor. El futuro está aquí ya ahora.

Aclare las funciones y los límites

Moisés tenía órdenes claras, y Jesús también las tuvo (Josué 1:2–4). La claridad en la comunicación facilita el que la transición sea saludable. No obstante, aquí es donde las cosas se pueden poner difíciles.

¿Y si el pastor anterior se queda en la comunidad? ¿Y si él o ella permanece en la iglesia como pastor emérito? ¿Cuáles son los límites que se han fijado para salvaguardar el que no se produzcan posibles conflictos? ¿Cómo evitamos las violaciones a la ética?

Estas preguntas exigen respuestas. Sin funciones y límites claros, la autoridad se vuelve imprecisa. Las lealtades divididas tiran de los miembros de la iglesia en direcciones diferentes. Es posible que el nuevo pastor sienta que se está socavando su autoridad, al mismo tiempo que su predecesor se sienta herido o confundido. Esto puede desviar, e incluso descarrilar el progreso de la iglesia.

Yo he vivido esta clase de confusión. Y créame, que usted no se la desearía ni a su peor enemigo. Todos los involucrados sufren: el pastor, su predecesor y la congregación entera. Una regla práctica: mientras más borrosos sean los límites, mayor será el riesgo. Haga cuanto sea necesario para hallar claridad. Decida estas cuestiones antes de que se presenten. Hágalo por el bien de la iglesia.

Termine el proceso y siga adelante

Antes de renunciar a mi primer pastorado, hice una visita al superintendente del distrito. Él me preguntó qué planes tenía. Yo, ingenuamente, le dije: “Voy a presentar mi renuncia este fin de semana, y después me voy a marchar”.

Él me contestó serenamente: “Le sugiero que espere unas cuantas semanas más”.

“¿Por qué razón?”, le pregunté.

“La gente necesita que haya una conclusión. Deles tiempo para que se despidan de usted”.

Sabias palabras.

Las transiciones pastorales no tienen que ver sólo con el pastor. También tienen que ver con la congregación. Durante un tiempo en que se ha producido una pérdida, las emociones se vuelven más intensas. La gente necesita una conclusión. Necesita tiempo para despedirse. Deles tiempo para que puedan procesar sus emociones y lamentar su pérdida.

Israel lloró durante un mes la muerte de Moisés (Deuteronomio 34:8). Esta actuación fue sabia. De lo contrario, imagínese la confusión y el quebrantamiento con los que habría cargado el pueblo de Israel en el futuro. En lugar de conquistar al mando de Josué, habrían entrado cojeando al futuro, como heridos capaces de caminar. El período de luto les dio tiempo para sanar.

Todo cambio comprende una pérdida, aun en el caso de que sea un buen cambio. Sea sensible a los lazos emocionales de la gente y a la historia que ha compartido. Deles esa conclusión que necesitan.

Predique fe

Lo más importante de todo es que predique fe. Nada consuela más a las emociones frágiles que la predicación sobre la fe. Jesús consoló a sus discípulos diciéndoles: “Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Juan 16:7).

 

Cuando termina una temporada, comienza otra. Dios nos da “pensamientos de paz, y no de mal, para darnos el fin que esperamos” (Jeremías 29:11).

 

Eso es lo que dice la Biblia. Eso es lo que nosotros creemos. Pero la congregación necesita escucharlo.

Para predicar sobre la fe, es necesario que el pastor eche a un lado sus emociones. Si la iglesia ha pasado por una temporada difícil o complicada, el líder se podría sentir tentado a permitir que las heridas abiertas sigan sangrando hasta que paren de sangrar. Resístase a esa tentación. Recuerde lo que le costó su ira a Moisés.

Las heridas por las que haya pasado el pastor, es él mismo el que las tiene que resolver más tarde. No debe poner esa carga sobre la congregación. Las lágrimas que brotan de los lazos emotivos de años pasados juntos son algo bueno. La amargura y el cinismo no lo son. La madurez emocional es el precio que hay que pagar por una buena transición.

Predique sobre la fe. Las semanas de transición permitirán que el pastor diga palabras de bendición sobre su pueblo. Sea agradecido con Dios por todo lo que ha hecho en el pasado, pero debe insistir sobre todo en el futuro. Recuérdeles que el nuevo pastor es un regalo que Dios les está haciendo. Él es el que va a poseer el corazón y la visión de Dios. En las semanas de transición, bendiga, anime y fortalezca. Predique sobre la fe. Dios hará el resto.

La edad que tiene ya el segmento de la población nacida después de la Segunda Guerra Mundial hace que la transición sea inevitable. Yo tengo fe en que Dios nos dará una generación de personas como Josué, que asuman el liderazgo. No tenemos por qué tropezar y dejar caer el testigo. Las transiciones pastorales, aunque delicadas, se pueden hacer de una manera saludable. Aprendamos de Moisés y Josué la manera de hacerlas bien.

Por: Tim McGraw

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