En los 80 años de Justo L. González: pasado, presente y futuro de la Reforma en América Latina

En los 80 años de Justo L. González: pasado, presente y futuro de la Reforma en América Latina

Una figura fundamental del protestantismo de habla hispana

El protestantismo latinoamericano contemporáneo es impensable sin la figura de Justo L. González (La Habana, 9 de agosto de 1937).

El magisterio que ha desarrollado en las aulas (especialmente en el Seminario Columbia de Decatur, Georgia, de donde está jubilado) pero, sobre todo, la inmensa cantidad de libros que han contribuido a la formación y la reflexión de varias generaciones de estudiantes, pastores y profesores dentro y fuera de América Latina.

Su nombre es una referencia obligada al momento de abordar temas relacionados con la historia de la iglesia, la predicación y una multitud de temas teológicos, además de que ha encabezado una gran cantidad de iniciativas pedagógicas y editoriales con la mente siempre puesta en elevar el nivel de la praxis y la discusión teológica en las iglesias hispanas y latinoamericanas.

La Asociación para la Educación Teológica Hispana (AETH, fundada por él) le ha dedicado en estos días una serie de actividades para homenajearlo. Una de ellas es el conversatorio que se realizó el 9 de agosto, del que puede verse un video de promoción.

Su padre, Justo González, fue el fundador de la organización Alfalit, especializada en la labor alfabetizadora y en la edición de libros cristianos para apoyarla. Avecindado desde muy joven en Estados Unidos, obtuvo el doctorado en la Universidad de Yale en 1961, siendo la persona más joven en obtener ese grado académico.

Justo González

Considerado como un historiador de primera línea, es autor de obras consideradas como verdaderos clásicos, como Historia del pensamiento cristiano (1965), Historia de las misiones (1970), así como “Y hasta lo último de la tierra”: una historia ilustrada del cristianismo (1978), reeditadas varias veces.

Del mismo tipo son los diccionarios y obras de consulta que ha dirigido, entre los que se pueden mencionar: Diccionario ilustrado de intérpretes de la fe (2004) y el Diccionario manual de teología (2011).

Mención aparte merece su edición de los 14 tomos de las obras de John Wesley, iniciada en 1990. En 12013, Stan Perea coordinó el volumen bilingüe de homenaje A legacy of fifty years: the life and work of Justo González. Un legado de cincuenta años: la vida y obra de Justo González.

La lista de sus libros, muchos de las cuales han aparecido en inglés, parece interminable: Revolución y encarnación (1965), Ambrosio de Milán (1970), Jesucristo es el Señor (1971), Itinerario de la teología cristiana (1975), Luces bajo el almud (1977), Mañana: Christian Theology from a Hispanic Perspective (1990), Hechos (1992, 2000), The liberating pulpit (1994), Bosquejo de historia de la iglesia (1995), Tres meses en la escuela de Mateo (1996), Tres meses en la escuela del Espíritu (1997), Tres meses en la escuela de la prisión (1997), Tres meses en la escuela de Patmos (1997), Desde el siglo y hasta el siglo: Esbozos teológicos para el siglo XXI (1997), Tres meses en la escuela de Juan (1998), Juan Wesley: herencia y promesa (1998, 2004), Jonás (2000), Buenos La historia también tiene su historia (2001), Mapas para la historia futura de la Iglesia (2001), La historia como ventana al futuro (2002), Introduction to christian theology (2002), Teología liberadora (2006), Manual de homilética hispana (2006, con Pablo Jiménez), Breve historia de las doctrinas cristianas (2007), Culto, cultura y cultivo (2009), No creáis a todo Espíritu. La fe cristiana y los nuevos movimientos religiosos (2009), El ministerio de la palabra escrita (2009), Introducción a la historia de la iglesia (2011) y La creación. La niña de los ojos de Dios (2015), Breve historia del domingo (2016), Fe y economía en la iglesia antigua (2016), Conoce tu fe. Cristianismo para el siglo XXI (2017).

Revolución y encarnación, publicado en Puerto Rico, fue un trabajo pionero para el desarrollo de la teología genuinamente latinoamericana que anticipó algunas intuiciones que se elaborarían algunos decenios después.

Allí afirmaba que “la participación social como cristianos depende de nuestra cristología, rompiendo así con el docetismo y el ebionismo tan expandidos. La encarnación es una intervención de Dios en la historia y no un hecho aislado, pues se trata de una realidad permanente que debe expresarse “en el sacramento del servicio al prójimo en su integralidad espíritu-mente-cuerpo. Según esta doctrina y el imperativo del servicio, “el cristiano debe participar en la revolución latinoamericana”.1

Para Samuel Escobar, ese libro era “un estudio contextual del material juanino en el Nuevo testamento, en especial la Primera Epístola. Además, dice, por primera vez en el ámbito evangélico la temática cristológica era tratada desde una perspectiva sistemática para responder a una necesidad pastoral. Era una llamada a los evangélicos a tomar conciencia de que habían caído en una cristología docética que les impedía desarrollar una ética social adecuada a las necesidades del momento”.2

La Reforma en América Latina

Una feliz coincidencia ha permitido la aparición de un nuevo volumen editado por el Dr. González (junto con Harold Segura, director de relaciones eclesiásticas de Visión Mundial Latinoamérica) en las mismas fechas de su 80º aniversario.

Se trata de La Reforma Protestante en América Latina: pasado, presente y futuro, en el que se han dado cita 10 autores patrocinados por la AETH y Visión Mundial para abordar diversos aspectos de la Reforma vistos desde el subcontinente.

El Dr. González fue el acucioso lector que, durante varios meses, luego de acordar con Segura la AETH el enfoque del volumen, se dio a la tarea de dictaminarlos.

La Reforma en América Latina.

La lista incluye, por orden de aparición a Samuel Escobar (Perú, “Reforma y cultura hispana”), Loida Sardiñas Iglesias (Cuba, “El culto cristiano: Una mirada desde el protestantismo latinoamericano”), Jhon Martínez (Colombia, “Reforma y economía latinoamericana”), Beatriz Ferreiro García (Cuba, “Reforma y mujer latinoamericana: impactos de una trayectoria”), Leopoldo Cervantes-Ortiz (México, “Reforma protestante y justicia social en América Latina”), Pablo Moreno (Colombia, “Reforma y Biblia en América Latina”), Luis Orellana Urtubia (Chile, “La Reforma en España y su impacto en América Latina”, Pablo Richard (Chile-Costa Rica, “Protestantismo y catolicismo en América Latina y el Caribe”) y Harold Segura (Colombia, “Reforma se escribe en gerundio”).

Como se ve, la variedad temática busca reflejar la amplia gama de enfoques desde los cuales es posible referirse al impacto de los movimientos reformadores en el subcontinente luego de cinco siglos de presencia, virtual o real, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

El propio Dr. González ha escrito una introducción que marca pautas claras para la interpretación de la cristiandad latinoamericana marcada por las heterodoxias religiosas europeas.

Después de recordar los momentos emblemáticos de los inicios de la Reforma luterana en Alemania, y de reconstruir con grandes trazos la mentalidad del propio Lutero mediante la cita de sus palabras, expone el problema central de las indulgencias hasta en su contexto económico.

Su conclusión inicial es firme. “Los martillazos de aquel día en la puerta de Wittenberg hicieron eco en toda Europa, y hasta el día de hoy, 500 años más tarde, todavía siguen resonando” (p. 16).

A continuación, detalla los seis factores que influyeron para la explosión de la Reforma en Europa: la imprenta; la construcción de la basílica de San Pedro; el mal llamado “descubrimiento de América”; la caída de Constantinopla; el nacionalismo de Lutero; y las condiciones políticas del momento. Cada aspecto ofrece luz para comprender el fenómeno en su complejidad y, así, se enfila hacia una percepción bien sustentada de lo acontecido.

El énfasis de la introducción apunta a que el lector centre su comprensión en las diversas aristas de la actualidad del movimiento emprendido por Lutero. Y lo resume muy bien, con su aguda visión histórica, trabajada durante décadas con gran maestría, a fin de lograr una ecuanimidad narrativa que ayude a separar los maniqueísmos de otras épocas:

La cristiandad occidental se dividió. Hubo guerras de religión y persecuciones por ambas partes. Para unos Lutero vino a ser un monje libertino, hijo de Satanás. Para otros el Papa vino a ser el anticristo o la bestia embriagada con la sangre de los santos. Con el avance de la modernidad, el debate se hizo cada vez más agudo, de tal modo que en el siglo XIX la diferencia entre católicos y protestantes era en cierto modo mayor y más aguda que la que existió en el siglo XVI. ¡Todavía a mediados del siglo XX, bien recuerdo cómo algunos de quienes entonces éramos jóvenes protestantes, teníamos casi por deporte favorito el de buscarnos un cura o una monja con quien debatir con la Biblia en mano! (pp. 22-23).

La introducción comienza su cierre con una pregunta obligada: después de tantos malos entendidos y debates, en América Latina: “¿Qué debemos hacer nosotros los protestantes hoy, a 500 años de los martillazos en Wittenberg?”.

Historia de la Reforma.

Como historiador, subraya, se permite mostrar “algunas posibles directrices”: lo primero es releer aquellos acontecimientos lejanos a la luz de la situación propia del siglo XXI; en segundo lugar, hay “que reconocer la distancia que nos separa de Lutero y de la Reforma” para que, así, entendamos la evolución de este gran fenómeno histórico: “Lutero nos ha llegado por la mediación, entre muchos otros, del calvinismo, del pietismo, del metodismo, del movimiento de santidad y del pentecostalismo.De todo esto, y no solamente de Lutero y de la Reforma, somos herederos y partícipes” (p. 24).

Entender el papel de estas mediaciones es imprescindible. Por ello, en tercer lugar, hemos de tomar muy en serio nuestra situación y la de Lutero. Por último, sugiere González, hemos también de recuperar la confianza que Lutero mostró en la Palabra de Dios, pues ésta no es propiedad de la iglesia, sino más bien resulta al revés: las Escrituras son las que reformaron y seguirán reformando a la iglesia.

Sus palabras finales tienen un innegable tono profético que debe ser atendido hoy más que nunca: La verdadera reforma de la iglesia no es obra de Lutero, ni de los reformadores, ni de agencia humana alguna, sino que es obra de Dios mismo a través de su Palabra. Aunque seamos herederos de la Reforma del siglo XVI, no es eso lo que nos da poder transformador. Y por tanto, de igual manera que la Biblia no nos pertenece, tampoco, aunque seamos sus herederos, somos dueños de la verdadera reforma de la iglesia. El dueño final es Dios, y lo que nos corresponde es descubrir dónde Dios está reformando la iglesia y allí unirnos a su acción. (p. 26)

El autor, fiel al rigor que ha marcado su trayectoria como teólogo-historiador, apunta con esta visión hacia la superación de tantas nuevas expectativas y prácticas que, en gran medida, han nublado el camino de la presencia cristiana en estas tierras y que deben analizarse críticamente para que las reformas religiosas del siglo XVI dejen de ser un conjunto de anécdotas piadosas para seguir siendo testimonio de la acción de Dios en el mundo.

Tal es la forma en que el Dr. González persevera en el magisterio que ha ejercido por todos los rumbos de la Patria Grande latinoamericana y fuera de ella.

1 Justo L. González, Encarnación y revolución. Río Piedras, Seminario Evangélico de Puerto Rico, 1965, pp. 72-80.

2 Jacqueline Alencar, “Orígenes de la cristología evangélica en América Latina”, en Protestante Digital, 6 de noviembre de 2016.

Por: Leopoldo Cervantes-Ortiz

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