Hacedores de la paz

Hacedores de la paz

Bienaventurados los que hacen la paz,porque ellos serán llamados hijos de Dios. (Mt 5:9)

Estas palabras de Jesús tuvieron que provocar una gran sorpresa en el auditorio judío ya que ellos estaban convencidos de que el Mesías que había de llegar pondría fin, militarmente hablando, a la situación de opresión política que padecía el pueblo hebreo por parte del Imperio romano.

Pensaban que el Hijo de Dios les hablaría de rebelión y espada contra Roma, en vez de amor a los enemigos y de relaciones de paz. Creían que se convertirían en la noción más poderosa del mundo gracias a ese rey de reyes y a la fuerza de las armas. Era evidente que el Maestro no respondía a las expectativas nacionalistas de un Mesías judío que se habían ido gestando, por deformación del texto bíblico, a lo largo de la historia del pueblo elegido.

Tan arraigada estaba esta idea en Israel que incluso el propio Juan el Bautista, desde la cárcel en que se hallaba, envió a sus discípulos para que preguntaran al Maestro: ¿Eres tú aquel que ha de venir, o esperaremos a otro? (Mt 11:3). Ni siquiera Juan estaba seguro de la identidad mesiánica de Jesús porque éste no encajaba con lo que se esperaba de un Mesías.

Sí, era cierto que el Señor hacía que los ciegos vieran, los cojos caminaran, los leprosos fueran limpiados, los sordos oyeran e incluso que algunos muertos fueran resucitados y que el evangelio se anunciara también a los pobres, pero ¿cuándo iba a empuñar de una vez las armas contra el imperialismo romano o a liderar la esperada insurrección?

La respuesta del Maestro a los discípulos de Juan finalizó también mediante una breve bienaventuranza: Y bienaventurado es el que no toma ofensa en mí. Es decir, dichoso aquel que no se ofende por la actitud de Cristo aunque ésta no responda a las expectativas equivocadas que se tenían sobre él.

Jesús no siempre hace o dice lo que a los hombres les gustaría ver u oír. El cristiano es dichoso al aceptar la palabra del Señor y ponerla como modelo de vida, aunque en muchas ocasiones tal aceptación le provoque sinsabores y sufrimientos.

En otra ocasión, después de realizar el milagro de la multiplicación de los panes y de ver las señales que Jesús hacía, algunos se convencieron de que realmente era el Mesías y vinieron para apoderarse de él por la fuerza y hacerle rey, pero el Maestro conociendo su intención se retiró al monte solo (Jn 6:15).

Aquella gente estaba equivocada y no había entendido que el reino que predicaba Jesús, aunque se desarrollara en este mundo, no era de este mundo. Quienes verdaderamente hacen la paz son bienaventurados por ser diferentes al resto de la gente, por ser hijos de Dios y por aborrecer el pecado con todas sus fuerzas.

El principal problema del mundo es precisamente éste, el pecado que anida en el alma humana. El pasado siglo XX fue con creces el más violento de la historia de la humanidad. Las dos guerras mundiales desatadas en el corazón del mundo civilizado sembraron las naciones de cadáveres inocentes.

Desde entonces, los conflictos armados no han dejado de estallar por todo el mundo y hemos inaugurado el siglo XXI con la misma tendencia belicista. ¿Por qué es esto así? ¿Por qué cuesta tanto mantener la paz entre los seres humanos? Si hemos progresado tanto a nivel cultural, tecnológico y científico, ¿cómo es que continuamos matándonos tan brutalmente como en los albores de la humanidad? Yo creo que la respuesta a tales preguntas es más teológica que sociológica.

La Biblia enseña que el problema está en el corazón del hombre y mientras éste no cambie su manera de ser, no habrá verdadera paz en el mundo. El ser humano necesita un corazón nuevo. El hombre natural con su viejo corazón generador de pleitos, malos pensamientos, egoísmos, homicidios, adulterios, fornicaciones, celos, envidias, malicia y muchas cosas más, debe convertirse en un hombre espiritual con un nuevo corazón redimido por Cristo. El mundo necesita este hombre nuevo.

Durante mucho tiempo el humanismo ha venido soñando con semejante ser humano capaz, mediante su propia actitud y comportamiento, de crear una sociedad mejor en la que reinara la paz. Pero siempre se ha equivocado porque ha supuesto que el hombre era bueno por naturaleza.

Pues bien, si hay algo en la Escritura que condene radicalmente esta creencia utópica del humanismo, es precisamente este sermón del monte de Jesús. Es natural que haya guerras e injusticias porque los hombres no tienen paz en su corazón. Donde impera el egoísmo, tarde o temprano aparecerá el conflicto.

De ahí que mientras los seres humanos no nazcan de nuevo, no será posible la paz. Y sin embargo, el mundo necesita más que nunca hacedores de paz.

Por: Antonio Cruz

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