¡Apostasía fuera, fuera, fuera…!

¡Apostasía fuera, fuera, fuera…!

John Owen nació hace cuatrocientos años. Además de ser el príncipe de la teología puritana, Owen es –según la perspectiva de Roger Nicole- el teólogo de habla inglesa más destacado de toda la historia.

Ha ejercido una influencia enorme sobre las vidas de muchos evangélicos contemporáneos tales como Sinclair Ferguson, J.I. Packer, John Piper, Carl Trueman y el recién difunto Jerry Bridges.

Hoy queremos avivar el nombre de Owen por dos razones. Primero, para honrar el legado de aquel varón de Dios cuyo nombre sigue siendo bastante desconocido en el mundo hispano. Segundo, por amor a la Iglesia del Señor Jesucristo en su lucha actual contra la apostasía del Evangelio.

En su extensa exposición de Hebreos 6:4-6 –‘La naturaleza y las causas de la apostasía del Evangelio’ (1676)- Owen concluye el libro nombrando siete maneras de defenderse contra el peligro de la apostasía del Evangelio. Estas defensas son tan relevantes como lo eran hace 340 años.

¿Cómo defendernos contra la tentación de apostatar de la doctrina, los mandamientos y la adoración del Evangelio? Aquí están las respuestas del hermano Owen.

1.- Debemos preocuparnos en primer lugar por la gloria de Dios.

Como en el caso de Moisés (Números 14:11-19) y Josué (Josué 7:8-9), el creyente debe preocuparse en primer lugar por la gloria de Dios para defenderse contra la apostasía. Sin un celo puro por el nombre del Señor de los ejércitos o un deleite constante en las doctrinas del Evangelio, el cristiano sentirá la tentación de regresar a las supersticiones de la Iglesia Católica Romana o a convertirse a alguna otra religión. “¿Cuántas naciones que una vez fueron receptores del Evangelio ahora están infestadas y dominadas por el Islam, el paganismo y el ateísmo?”

La indiferencia espiritual siempre producirá malos frutos. Así que los creyentes deberían gemir y clamar a Dios por causa de todas las abominaciones que ven en su generación (Ezequiel 9:4). Tienen que levantarse contra la apostasía y pedirle al Señor que haga algo al respecto.

“Si nosotros estamos preocupados por la gloria del nombre de Dios y gemimos en secreto a causa de la abominación de la apostasía, entonces, disfrutaremos también de Su cuidado especial y protección. Él nos guardará cuando la apostasía nos tiente a abandonar el Evangelio”.

2.- Debemos orar continuamente, reclamando las promesas de avivamiento.

Basándonos en las promesas de la Palabra de Dios, es necesario que nos aferremos celosamente a las promesas de las Escrituras en nuestro tiempo de oración. ¿Acaso no ha prometido el Altísimo que el Evangelio será una alabanza en toda la tierra (Isaías 62:6-7)? ¿No puede el Todopoderoso derramar tal bendición sobre las naciones que haya salvación? (Isaías 45:8). ¿Habrá algo demasiado difícil para Dios? ¿No podría avivarnos gloriosamente por medio de Su gracia soberana y eficaz?

En medio de una generación apostata, los discípulos nos tenemos que animar con la promesa de que Dios puede avivar Su preciosa obra. “Debemos estar como los guardias sobre los muros de Jerusalén que no callaban de día ni de noche”. ¡A clamar! ¡A orar! ¡A interceder en base a las promesas divinas!

3.- Debemos contender ardientemente por la fe una vez dada a los santos.

Aunque muchos se burlan del Evangelio, somos llamados a defender la buena Palabra de Dios y a gozarnos en aquello que el mundo menosprecia y ridiculiza. Es cierto que hay que defender la Escritura mediante nuestras palabras, sin embargo, el Señor quiere que nuestras vidas sean santas, justas y fructíferas también (1 Pedro 3:16). “Debemos dar un testimonio fiel al Evangelio, no sólo por nuestras palabras, sino también por nuestras vidas”. Esta doble defensa nos arraigará cada vez más en las benditas verdades del Evangelio de Cristo.

owensJohn Owen, el teólogo puritano por excelencia (1616-83)

4.- Debemos vigilar cuidadosamente nuestros corazones.

El apostata sigue los dictados de su propio corazón sin cuestionar nada. No obstante, el creyente verdadero se ve obligado a guardar su corazón ya que de él mana la vida (Proverbios 4:23). Sabe que su corazón, igual que aquél de Pedro, es engañoso y perverso por lo tanto lo vigila constantemente a la luz de las Escrituras probando sus intenciones (Hebreos 4:12-13).

Consiguientemente no se le ocurriría depender de sí mismo para mantenerse en la fe sino únicamente de Cristo para su ayuda y fortaleza espiritual (Apocalipsis 3:10). “Debemos vigilar constantemente nuestros corazones respecto a su progreso espiritual en santidad o su retroceso en ella. Aquel que no vigila su propio corazón, se expone a sí mismo al peligro de la apostasía”.

5.- Debemos tener cuidado de no confiar en los privilegios externos de la Iglesia.

En vez de confiar en cosas externas, los seguidores de Cristo nos gloriamos en la belleza espiritual del Nuevo Pacto (2 Corintios 3:10). Ahora bien, creemos en las ordenanzas (el bautismo y la Santa Cena) e incluso las celebramos con gratitud en el corazón, pero no fundamentamos nuestra salvación eterna sobre estos privilegios externos. Las ordenanzas son simplemente señales visibles de realidades invisibles, a saber, la regeneración del creyente en el caso del bautismo y la muerte de Cristo en cuanto a la Cena del Señor.

Las ordenanzas no nos salvarán de la apostasía ni tampoco nuestra asistencia a la Iglesia ni nuestros dones espirituales ni nuestro conocimiento. Lo que hay que hacer es ver si hay fruto espiritual en nuestras vidas. ¿Estamos siendo santificados, hechos semejantes al bendito Hijo de Dios? Esta obra interna del Espíritu del Señor es la prueba de que el Evangelio está realmente transformando nuestro corazón. En vez de fijarnos en lo externo, hay que mirar adentro.

6.- Debemos tener cuidado de los pecados nacionales.

“¡Pero todos lo hacen!” es una frase que los hipócritas religiosos suelen emplear para justificar su pecado. Sin embargo, la Biblia habla bien claramente al respecto sobre la necesidad de apartarse de la mundanalidad (2 Corintios 6:17). “Debemos estar entre ellos pero no ser de ellos, y ciertamente no ser corrompidos por ellos y por los pecados nacionales”.

La voluntad de Dios para Sus siervos es su santificación, por lo tanto, tienen que renunciar el placer y la vanagloria mundana para ser auténticos discípulos (1 Juan 2:15-17; Santiago 1:27; 4:4).

Cuando el pueblo de Dios empezó a coquetear con las naciones paganas en el Antiguo Testamento, fue la causa de su ruina. Y ahora, en el Nuevo Pacto, “la Iglesia verdadera de Dios debería ser guardada pura y santa por la morada del Espíritu Santo en ellos y entre ellos”.

7.- Debemos evitar aquellos pecados –cometidos por los que profesan ser creyentes- los cuales vuelven la mente de los hombres en contra del Evangelio.

Hay muchos pecados que pueden dar un mal testimonio a nuestros vecinos no cristianos: la falta de amor, la falta de actos de bondad hacia otros, el orgullo espiritual, un espíritu crítico y de censura, etc. El plan de Dios es que silenciemos a los incrédulos a través de nuestra forma de vivir (1 Pedro 2:15; 3:16).

“Si todos los creyentes fueran mansos, quietos, apacibles, sobrios, templados, humildes, útiles, bondadosos, tiernos, dispuestos a escuchar a otros, gozosos en sus pruebas y problemas, siempre regocijándose en el Señor, entonces el mundo no se ofendería ante ellos, sino que más bien se maravillaría de cómo podría vivir sin ellos; y así, sería ganado por ellos y haría todo esfuerzo para ser semejante a ellos. Si la honestidad, la sinceridad y la justicia fuesen vistas entre los creyentes en todo tiempo, ¡cuán grandemente sería glorificado Cristo!”

Conclusión

A la luz de todo lo que nos ha dicho enseñado nuestro amado teólogo John Owen, mantengámonos centrados en la gloria de Dios por encima de todo. Debemos orar por avivamiento, contender por la fe, vigilar nuestros corazones, no confiar en las cosas externas, tener cuidado con los pecados favoritos de nuestra nación y evitar los pecados que caracterizan a aquéllos que profesan ser creyentes. Así nos mantendremos bien alejadas del peligro de la apostasía del Evangelio.

Close Menu