Reglas para que no se nos rompa la iglesia

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Hay ratos en estos días de tanto debate y tanto zurrarse por opiniones contrarias y por conceptos abstractos como el de nación, en que no puedo evitar que se me venga a la mente Babilonia. Eso sí que era una gran nación. Qué tiempos los suyos, qué gloria tenía su nombre. Duró milenios en pie y todo el mundo conocido de su época soñaba con atravesar sus murallas y adentrarse en sus tesoros; y, sin embargo, el tiempo acabó pasando igualmente por encima de ella y ahora de su gloria solo quedan ruinas y ese silencio insistente del desierto. No queda nadie con memoria de su lengua todopoderosa. Los huesos de sus mayores soberanos hace milenios que se desintegraron bajo tierra. La presencia que nos queda de la mayor ciudad que haya existido jamás está perdida entre libros que pocos quieren leer y en vitrinas de lugares dispares del mundo que los babilonios nunca soñaron que existirían.

Y es que, en última instancia, todo pasa. Para bien y para mal. El tiempo arrasa con todo. Y aunque nada de esto nos quita ni una pizca de la responsabilidad que debemos asumir con la sociedad en la que Dios nos ha colocado aquí y ahora, seríamos unos necios si dejamos que esta desazón que impera ahora rija nuestro humor y nuestro estado de ánimo diario. Al fin y al cabo, si hay un momento en nuestra historia reciente en que podemos leer la Biblia, sobre todo el Nuevo Testamento, y entenderla en su contexto de agitación social e incertidumbre política, es ahora. A lo largo de toda la Biblia solo se relata un periodo de “paz” institucional, y es una paz entre comillas: el reinado de David y un poco del de Salomón. Y solo a medias, porque no dejaron de estar nunca en guerra con los pueblos de alrededor. Todos y cada uno de los momentos históricos restantes se parecen mucho a lo que vivimos ahora; y había esperanza en medio de ellos, porque la esperanza que compartimos en Cristo es imbatible. Con esto en mente, creo que estamos siendo bastante irresponsables por dejarnos arrastrar por el pánico y, sobre todo, por el discurso del odio en las redes sociales.

Porque, hablando claro, no se puede decir precisamente que la iglesia evangélica en España goce de una salud de hierro y sea capaz de asumir la descomposición desde el interior que la está amenazando ahora. Si hay algo que todos hemos visto las últimas semanas y que nos ha dejado mucho más estupefactos que los propios sucesos, han sido las opiniones salidas de tono, los comentarios hirientes, las acusaciones veladas y no veladas e incluso los insultos que se han cruzado entre supuestos cristianos. O al menos entre personas a las que antes de todo esto considerábamos cristianos de la media, normales. No, no quedaba entre nosotros ninguno normal, por lo visto. Y sí, me incluyo.

¿Y qué vamos a hacer? Como mínimo, rectificar y volver a la esperanza eterna que tenemos en Cristo, porque ahí sigue. El mundo está mal, pero eso ya lo sabíamos; lo que pasa es que nos hemos acomodado demasiado a esta sensación artificial de “paz”, y hemos puesto en ella demasiadas de las esperanzas que le correspondían a Dios. Debemos ahora alejarnos del miedo, aunque sigamos preocupándonos, que miedo y sana preocupación son dos cosas diferentes; pero no debemos ceder al pánico: nosotros no. Si nos dejamos llevar del mismo modo que el resto de la sociedad por el miedo, no nos diferenciaremos del resto y no podremos cumplir con nuestra principal labor: pacificar. Y ahora mismo, en este contexto, pacificar quizá no signifique más que vivir entre nuestros vecinos compartiendo nuestra ausencia de miedo, calmando ánimos, quitando importancia a las cosas cuando el fervor ciego amenaza con barrernos. Recordemos que Babilonia cayó. Ningún reino o nación quedará en pie cuando el Señor regrese. Más allá de eso, nuestra única certeza es que Dios sigue siendo fiel, en que sus promesas no se han movido. Sea cual sea el momento político. Seguimos teniendo a nuestra disposición la vida en abundancia de Jesús. Pero el miedo y el odio, si cedemos ante ellos, la bloquean.

Y también os comparto aquí mi lista de reglas, que me monté estos días, para no participar en el desmembramiento interno de la iglesia desde las redes sociales.

1. Las personas primero. Nunca las personas detrás de las opiniones.

2. No escribas comentarios hirientes/dolidos a quienes tengan una opinión diferente a ti.

3. Se debe renunciar al debate si no se puede mantener el amor.

4. El que opina diferente que tú no está pecando ni está siendo inmoral. Si no ves clara esa diferencia, habla sin tardar con alguien que te lo explique.

5. No uses la ironía o el sarcasmo para confundir o crear contenido de mal gusto.

6. Prohibido usar la Biblia como defensa de una ideología política.

7. Si sientes que te ofendes con facilidad, lo más probable es que tengas un problema. Es tu responsabilidad eliminar o bloquear a quien insistentemente te resulte ofensivo o desagradable, en vez de esperar o exigir que el otro cambie.

8. No compartas información falsa ni bulos, y menos aún solo porque confirman tu punto de vista. Si lo has publicado por error, elimínalo.

9. Si estar en redes sociales te provoca ansiedad, desazón o enfado, e impide que te relaciones después de forma sana con tu prójimo, plantéate una temporada de ayuno digital.

Tenemos una oportunidad de oro para dar ejemplo del amor, la esperanza y la paz de Cristo. Por favor, no la desperdiciemos.

Por: Noa Alarcón Melchor